Hoy, desayunando en un pueblo llamado Nidau pegado a Bienne (Berna, Suiza), observo atónito la precisión y delicadeza con la que los dedos de las manos de más de cinco dependientas, alcanzan, desplazan y ubican en sus envoltorios para transporte de los mismos por los clientes, los diversos y maravillosos pasteles. Me captiva la altísima delicadeza con la que manipulan esas dulzuras. Por si esto fuese poco, simultáneamente conversan con los clientes y no dejan de observar su entorno para satisfacer cualquier necesidad de los clientes que nos encontramos sentados en las mesas que dispone este mágico Tea Room.
Viendo este espectáculo de movimiento y previsión, me doy cuenta de que jamás las máquinas conseguirán esta destreza Humana ¡jamás! No hay máquina capaz de imitar estos dedos ágiles y frágiles. No hay ni habrá máquina que me despierte tanta admiración y amor ante tanta belleza Humana. No hay ni habrá nada artificial que sustituya mi croissant ni mi milhojas de los domingos.
No es extraño que Uno se enamore en estos lugares libres de máquinas artificiales.
El contacto con los nuestros (Humanos) es insustituible.
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